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martes, 20 de enero de 2015

Cuento de La Cenicienta de los Hermanos Grimm

Hace mucho tiempo una joven doncella y sus padres tenían una hermosa vida, al poco tiempo su madre enferma y muere ellos deciden enterrarla en una tumba que esta en una fuente. Estaban tan devastados, que todos los días iban a llorar en donde su tumba.


Tiempo después, el hombre se casa con una mujer que tiene dos hijas de rostro muy hermoso y corazón muy duro y cruel. Vienen entonces muy malos tiempos para la pobre huérfana: la madrastra y las hermanastras le quitan los vestidos y le mandan ocuparse de la limpieza del hogar, por lo que la pobre muchacha pasa a ser prácticamente una sierva que vive llena de polvo y cenizas, así que se dirigen y se refieren a ella llamándole Cenicienta.


Un día, el padre fue a una feria y pregunta a su hija y a sus hijastras qué quieren que les traiga de la feria. Las hijastras piden vestidos y sortijas; Cenicienta sólo pide una rama, que luego plantará al lado de la tumba de su madre y regará con sus lágrimas.
Poco tiempo después, junto a la tumba ya hay un frondoso avellano. En él, acostumbra a posarse un pajarillo que concede a Cenicienta lo que ella desee.
Para que el príncipe escoja una muchacha y la convierta en su esposa, el rey invita a todas las jóvenes del reino a una fiesta que durará tres días. A Cenicienta le piden sus hermanastras que las ayude a arreglarse para ir al baile. Por su parte, Cenicienta pide asistir, pero la malvada madrastra se opone y se ríe de ella.



En cuanto se queda sola en casa, Cenicienta se dirige a la tumba de su madre, y, debajo del árbol, pide un vestido y unos zapatos. El pájaro se los concede, y así Cenicienta puede ir al primer baile.


Una vez allí, tan hermosa está que no es reconocida por la madrastra ni por las hermanastras. El príncipe, embelesado, baila toda la noche con Cenicienta. Pero antes de que termine la noche, ella escapa para no ser descubierta.
La noche siguiente, el pájaro concede a Cenicienta un vestido aún más hermoso, sin olvidar los zapatos; y de nuevo baila Cenicienta toda la noche con el príncipe, y vuelve a escapar antes de ser descubierta.

La tercera noche, el pájaro concede a Cenicienta unos zapatos de oro y un vestido más hermoso que los dos anteriores. En el baile, el príncipe, para evitar que Cenicienta vuelva a escaparse sin revelar su identidad, hace untar las escaleras con pegamento. Al escapar, Cenicienta pierde uno de los zapatos, que queda pegado en la escalera. El príncipe lo toma y decide buscar a la dueña de ese pequeño zapato de oro.

Al día siguiente, el príncipe sale en busca de la muchacha. Cuando llega a la casa de Cenicienta, pide al padre que le traiga a sus hijas. Salen a presentarse al príncipe las hermanastras, pero no sale Cenicienta. La mayor se prueba el zapato, pero no le entra. La madre le dice que se corte dos dedos del pie para que el zapato le entre, y ella lo hace, disimulando el dolor, sale con el zapato puesto, y el príncipe se marcha con ella. Pero dos palomas le dicen al príncipe que la muchacha que va con él no es la dueña del zapato. El príncipe ve la sangre en el pie de la muchacha y vuelve a la casa para probar el zapato en el pie de la hermanastra menor.
Tampoco puede la hermanastra menor calzarse el zapato, así que la madre le dice que se corte el talón. Ella hace caso a su madre y luego, disimulando el dolor también, sale con el zapato puesto. El príncipe la hace montar en el caballo y se va con ella, pero vuelven las palomas y le dicen lo que ya le han dicho de la mayor.
Otra vez ve sangre el príncipe, así que vuelve a la casa y pregunta si queda allí alguna otra doncella. El padre dice que tiene una hija más, pero que es imposible que sea ella la dueña del zapato, ya que va sucia y mal vestida, y no pudo acudir al baile. El príncipe insiste en verla, así que se la presentan y, al probarle el zapato de oro, calza éste perfectamente. Entonces, el príncipe se lleva a Cenicienta para desposarla.

Todas las imagenes son de mi board de PInterest Princesas, Hadas, Castillos, Reyes

miércoles, 11 de junio de 2014

Cuento de La Sirenita con Fotos de Puerto Vallarta México

Desde que yo era pequeña me gustan mucho las sirenas... en los juegos yo siempre quería ser sirena, no princesa ni mamá... me encantaba jugar que yo era la hija del rey del mar... cuando iba a la playa o a las albercas cruzaba los pies a la altura de los tobillos y jugaba a las sirenas sola o acompañada... por lo tanto la historia de la sirenita me es muy familiar desde que era niña... luego llegó Disney en los 90 con la versión que todos conocemos pero esa no es la verdadera historia...

Ahora está de moda el documental que sacó Discovery Channel donde plantea la hipótesis de que las sirenas son reales no tan bonitas como las que todos nos imaginamos pero la teoría que plantean es válida... no sé si ya lo vieron pero igual pueden buscarlo en You Tube...

A continuación les paso el cuento original de Hans Christian Andersen de la Sirenita... con fotos de mi último viaje a Puerto Vallarta... (resumido para que no se aburran de leer)

When I was a little girl I loved mermaids, I didn't want to be a princess I always loved the sea and the pools because I can pretend to be a mermaid... I always knew the true story of Hans Christian Andersen and maybe you have also read that the story, is not quite the same as Disney told us in the 90's... I took the pictures in Puerto Vallarta and I'm adding the true story from the Little Mermaid in Spanish you can read the original story here hope you like the pics...

"En el fondo del más azul de los océanos había un maravilloso palacio en el cual habitaba el Rey del Mar, , junto a sus hijas, cinco bellísimas sirenas.
La Sirenita, la más joven, además de ser la más bella poseía una voz maravillosa; 
La pequeña sirena casi siempre estaba cantando, y cada vez que lo hacía levantaba la vista buscando la débil luz del sol, que a duras penas se filtraba a través de las aguas profundas.



-¡Oh! ¡Cuánto me gustaría salir a la superficie para ver por fin el cielo que todos dicen que es tan bonito, y escuchar la voz de los hombres y oler el perfume de las flores!
-Todavía eres demasiado joven -respondió la abuela-. Dentro de unos años, cuando tengas quince, el rey te dará permiso para subir a la superficie, como a tus hermanas.



La Sirenita soñaba con el mundo de los hombres, el cual conocía a través de los relatos de sus hermanas, a quienes interrogaba durante horas para satisfacer su inagotable curiosidad cada vez que volvían de la superficie. 
Por fin llegó el cumpleaños tan esperado y, durante toda la noche precedente, no consiguió dormir. A la mañana siguiente el padre la llamó 

-¡Bien, ya puedes salir a respirar el aire y ver el cielo! ¡Pero recuerda que el mundo de arriba no es el nuestro, sólo podemos admirarlo! Somos hijos del mar y no tenemos alma como los hombres. Sé prudente y no te acerques a ellos. ¡Sólo te traerían desgracias!

 ¡Qué fascinante! Veía por primera vez el cielo azul y las primeras estrellas centelleantes al anochecer. El sol, que ya se había puesto en el horizonte, había dejado sobre las olas un reflejo dorado que se diluía lentamente. Las gaviotas revoloteaban por encima de La Sirenita y dejaban oír sus alegres graznidos de bienvenida.
-¡Qué hermoso es todo! -exclamó feliz, dando palmadas.


Pero su asombro y admiración aumentaron todavía: una nave se acercaba despacio al escollo donde estaba La Sirenita. Los marinos echaron el ancla, y la nave, así amarrada, se balanceó sobre la superficie del mar en calma. La Sirenita escuchaba sus voces y comentarios. “¡Cómo me gustaría hablar con ellos!", pensó. Pero al decirlo, miró su larga cola cimbreante, que tenía en lugar de piernas, y se sintió acongojada: “¡Jamás seré como ellos!”
A bordo parecía que todos estuviesen poseídos por una extraña animación y, al cabo de poco, la noche se llenó de vítores: “¡Viva nuestro capitán! ¡Vivan sus veinte años!” La pequeña sirena, atónita y extasiada, había descubierto mientras tanto al joven al que iba dirigido todo aquel alborozo. Alto, moreno, de porte real, sonreía feliz. La Sirenita no podía dejar de mirarlo y una extraña sensación de alegría y sufrimiento al mismo tiempo, que nunca había sentido con anterioridad, le oprimió el corazón.
La fiesta seguía a bordo, pero el mar se encrespaba cada vez más. La Sirenita se dio cuenta en seguida del peligro que corrían aquellos hombres: un viento helado y repentino agitó las olas, el cielo entintado de negro se desgarró con relámpagos amenazantes y una terrible borrasca sorprendió a la nave desprevenida.
-¡Cuidado! ¡El mar...! -en vano la Sirenita gritó y gritó.
Pero sus gritos, silenciados por el rumor del viento, no fueron oídos, y las olas, cada vez más altas, sacudieron con fuerza la nave. Después, bajo los gritos desesperados de los marineros, la arboladura y las velas se abatieron sobre cubierta, y con un siniestro fragor el barco se hundió. La Sirenita, que momentos antes había visto cómo el joven capitán caía al mar, se puso a nadar para socorrerlo. Lo buscó inútilmente durante mucho rato entre las olas gigantescas. Había casi renunciado, cuando de improviso, milagrosamente, lo vio sobre la cresta blanca de una ola cercana y, de golpe, lo tuvo en sus brazos.
El joven estaba inconsciente, mientras la Sirenita, nadando con todas sus fuerzas, lo sostenía para rescatarlo de una muerte segura. Lo sostuvo hasta que la tempestad amainó. Al alba, que despuntaba sobre un mar todavía lívido, la Sirenita se sintió feliz al acercarse a tierra y poder depositar el cuerpo del joven sobre la arena de la playa. Al no poder andar, permaneció mucho tiempo a su lado con la cola lamiendo el agua, frotando las manos del joven y dándole calor con su cuerpo.
Hasta que un murmullo de voces que se aproximaban la obligaron a buscar refugio en el mar.
-¡Corran! ¡Corran! -gritaba una dama de forma atolondrada- ¡Hay un hombre en la playa! ¡Está vivo! ¡Pobrecito...! ¡Ha sido la tormenta...! ¡Llevémoslo al castillo! ¡No! ¡No! Es mejor pedir ayuda...
La primera cosa que vio el joven al recobrar el conocimiento, fue el hermoso semblante de la más joven de las tres damas.
-¡Gracias por haberme salvado! -le susurró a la bella desconocida.
La Sirenita, desde el agua, vio que el hombre al que había salvado se dirigía hacia el castillo, ignorante de que fuese ella, y no la otra, quien lo había salvado.
Pausadamente nadó hacia el mar abierto; sabía que, en aquella playa, detrás suyo, había dejado algo de lo que nunca hubiera querido separarse. ¡Oh! ¡Qué maravillosas habían sido las horas transcurridas durante la tormenta teniendo al joven entre sus brazos!
Cuando llegó a la mansión paterna, la Sirenita empezó su relato, pero de pronto sintió un nudo en la garganta y, echándose a llorar, se refugió en su habitación. Días y más días permaneció encerrada sin querer ver a nadie, rehusando incluso hasta los alimentos. Sabía que su amor por el joven capitán era un amor sin esperanza, porque ella, la Sirenita, nunca podría casarse con un hombre.

Sólo la Hechicera de los Abismos podía socorrerla. Pero, ¿a qué precio? A pesar de todo decidió consultarla.
 -¡...por consiguiente, quieres deshacerte de tu cola de pez! Y supongo que querrás dos piernas. ¡De acuerdo! Pero deberás sufrir atrozmente y, cada vez que pongas los pies en el suelo sentirás un terrible dolor.

-¡No me importa -respondió la Sirenita con lágrimas en los ojos- a condición de que pueda volver con él!
¡No he terminado todavía! -dijo la vieja-. ¡Deberás darme tu hermosa voz y te quedarás muda para siempre! Pero recuerda: si el hombre que amas se casa con otra, tu cuerpo desaparecerá en el agua como la espuma de una ola.
-¡Acepto! -dijo por último la Sirenita y, sin dudar un instante, le pidió el frasco que contenía la poción prodigiosa. Se dirigió a la playa y, en las proximidades de su mansión, emergió a la superficie; se arrastró a duras penas por la orilla y se bebió la pócima de la hechicera.
Inmediatamente, un fuerte dolor le hizo perder el conocimiento y cuando volvió en sí, vio a su lado, como entre brumas, aquel semblante tan querido sonriéndole. El príncipe allí la encontró y, recordando que también él fue un náufrago, cubrió tiernamente con su capa aquel cuerpo que el mar había traído.


-No temas -le dijo de repente-. Estás a salvo. ¿De dónde vienes?
Pero la Sirenita, a la que la bruja dejó muda, no pudo responderle.
-Te llevaré al castillo y te curaré.
Durante los días siguientes, para la Sirenita empezó una nueva vida: llevaba maravillosos vestidos y acompañaba al príncipe en sus paseos. Una noche fue invitada al baile que daba la corte, pero tal y como había predicho la bruja, cada paso, cada movimiento de las piernas le producía atroces dolores como premio de poder vivir junto a su amado. Aunque no pudiese responder con palabras a las atenciones del príncipe, éste le tenía afecto y la colmaba de gentilezas. Sin embargo, el joven tenía en su corazón a la desconocida dama que había visto cuando fue rescatado después del naufragio.
Desde entonces no la había visto más porque, después de ser salvado, la desconocida dama tuvo que partir de inmediato a su país. Cuando estaba con la Sirenita, el príncipe le profesaba a ésta un sincero afecto, pero no desaparecía la otra de su pensamiento. Y la pequeña sirena, que se daba cuenta de que no era ella la predilecta del joven, sufría aún más. Por las noches, la Sirenita dejaba a escondidas el castillo para ir a llorar junto a la playa.


Pero el destino le reservaba otra sorpresa. Un día, desde lo alto del torreón del castillo, fue avistada una gran nave que se acercaba al puerto, y el príncipe decidió ir a recibirla acompañado de la Sirenita.
La desconocida que el príncipe llevaba en el corazón bajó del barco y, al verla, el joven corrió feliz a su encuentro. La Sirenita, petrificada, sintió un agudo dolor en el corazón. En aquel momento supo que perdería a su príncipe para siempre. La desconocida dama fue pedida en matrimonio por el príncipe enamorado, y la dama lo aceptó con agrado, puesto que ella también estaba enamorada. Al cabo de unos días de celebrarse la boda, los esposos fueron invitados a hacer un viaje por mar en la gran nave que estaba amarrada todavía en el puerto. La Sirenita también subió a bordo con ellos, y el viaje dio comienzo.
Al caer la noche, la Sirenita, angustiada por haber perdido para siempre a su amado, subió a cubierta. Recordando la profecía de la hechicera, estaba dispuesta a sacrificar su vida y a desaparecer en el mar. Procedente del mar, escuchó la llamada de sus hermanas:
-¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Somos nosotras, tus hermanas! ¡Mira! ¿Ves este puñal? Es un puñal mágico que hemos obtenido de la bruja a cambio de nuestros cabellos. ¡Tómalo y, antes de que amanezca, mata al príncipe! Si lo haces, podrás volver a ser una sirenita como antes y olvidarás todas tus penas.

Como en un sueño, la Sirenita, sujetando el puñal, se dirigió hacia el camarote de los esposos. Mas cuando vio el semblante del príncipe durmiendo, le dio un beso furtivo y subió de nuevo a cubierta. Cuando ya amanecía, arrojó el arma al mar, dirigió una última mirada al mundo que dejaba y se lanzó entre las olas, dispuesta a desaparecer y volverse espuma.
Cuando el sol despuntaba en el horizonte, lanzó un rayo amarillento sobre el mar y, la Sirenita, desde las aguas heladas, se volvió para ver la luz por última vez. Pero de improviso, como por encanto, una fuerza misteriosa la arrancó del agua y la transportó hacia lo más alto del cielo. Las nubes se teñían de rosa y el mar rugía con la primera brisa de la mañana, cuando la pequeña sirena oyó cuchichear en medio de un sonido de campanillas:
-¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Ven con nosotras!
-¿Quiénes son? -murmuró la muchacha, dándose cuenta de que había recobrado la voz-. ¿Dónde están?
-Estás con nosotras en el cielo. Somos las hadas del viento. No tenemos alma como los hombres, pero es nuestro deber ayudar a quienes hayan demostrado buena voluntad hacia ellos.
La Sirenita, conmovida, miró hacia abajo, hacia el mar en el que navegaba el barco del príncipe, y notó que los ojos se le llenaban de lágrimas, mientras las hadas le susurraban:
-¡Fíjate! Las flores de la tierra esperan que nuestras lágrimas se transformen en rocío de la mañana. ¡Ven con nosotras! Volemos hacia los países cálidos, donde el aire mata a los hombres, para llevar ahí un viento fresco. Por donde pasemos llevaremos socorros y consuelos, y cuando hayamos hecho el bien durante trescientos años, recibiremos un alma inmortal y podremos participar de la eterna felicidad de los hombres -le decían.
-¡Tú has hecho con tu corazón los mismos esfuerzos que nosotras, has sufrido y salido victoriosa de tus pruebas y te has elevado hasta el mundo de los espíritus del aire, donde no depende más que de ti conquistar un alma inmortal por tus buenas acciones! -le dijeron.
Y la Sirenita, levantando los brazos al cielo, lloró por primera vez.
Oyéronse de nuevo en el buque los cantos de alegría: vio al Príncipe y a su linda esposa mirar con melancolía la espuma juguetona de las olas. La Sirenita, en estado invisible, abrazó a la esposa del Príncipe, envió una sonrisa al esposo, y en seguida subió con las demás hijas del viento envuelta en una nube color de rosa que se elevó hasta el cielo."


jueves, 11 de abril de 2013

Las Doce Princesas Bailarinas


      Había un rey que tenía doce hermosas hijas. Dormían todas en doce camas en una habitación y cuando se acostaban, las puertas eran cerradas con candado. Aún así, cada mañana sus zapatillas aparecían bastante gastadas como si se hubieran usado para bailar toda la noche. Nadie podía descubrir como pasó, o donde habían estado las princesas.
     Así que el rey hizo saber a todo el reino que si alguien conseguía descubrir el secreto y averiguar donde habían estado las princesas bailando por la noche, podría elegir a la que más le gustara como su esposa, y sería rey después de su muerte. Pero cualquiera que lo intentara sin éxito, después de tres días y noches, sería llevado a la muerte.
     Un hijo del rey pronto llegó. Fue bien recibido, y por la noche fue llevado a la sala al lado de la habitación donde las princesas estaban acostadas en sus doce camas. Allí estaba para sentarse y observar donde iban a bailar, y para que nada ocurriera sin que él lo escuchara, dejó la puerta de su habitación abierta. Pero el hijo del rey pronto se durmió; y cuando se levantó por la mañana encontró que las princesas habían estado todas bailando, ya que las suelas de sus zapatos estaban llenas de agujeros.
     Lo mismo ocurrió la segunda y a tercera noche por lo que el rey ordenó que le cortaran la cabeza.
     Después de él, llegaron unos cuantos más, pero ellos también tuvieron la misma suerte y todos ellos perdieron la vida de la misma manera.
     Lo que ahora ocurrió es que un viejo soldado, que había sido herido en batalla y ya no podía luchar, atravesó el lugar donde reinaba este rey, y mientras viajaba a través de un bosque, se encontró a una anciana que le preguntó dónde iba.
     'A penas sé dónde voy, o lo que debería hacer’, dijo el soldado; ‘pero creo que me gustaría encontrar el lugar donde bailan las princesas, y después puede que con el tiempo me convierta en rey’.
     'Bueno’, dijo la anciana, ‘eso no es una tarea difícil: simplemente ten cuidado con no beber nada del vino que una de las princesas te traerá por la noche; y tan pronto como te deje finge que te has dormido rápido’.


2
     Después le dio una capa, y dijo ‘En cuanto te lo pongas encima te harás invisible, y así serás capaz de seguir a las princesas allá a donde vayan.’ Cuando el soldado oyó este buen consejo, se determinó a probar suerte, así que fue al rey y le dijo que estaba dispuesto a ocuparse de la tarea.
     Fue igual de bien recibido que los otros, y el rey ordenó que le entregaran las mejores ropas reales; y cuando se hizo de noche fue conducido a la habitación externa.
     Justo cuando estaba a punto de acostarse, la mayor de las princesas le trajo una copa de vino, pero el soldado la tiró en secreto, con cuidado de no beberse una gota. Después se acostó él mismo en su cama, y en un ratito empezó a roncar muy fuerte como si se hubiera dormido rápido. 

     Cuando las doce princesas le oyeron se rieron a carcajadas; y la mayor dijo, ‘¡Este chico también debe haber hecho algo más sabio que perder su vida de esta manera! Después se levantaron y abrieron sus cajones y cajas, y sacaron sus mejores ropas, y se vistieron enfrente del espejo, y saltaron al tema de si estaban deseosas  de empezar a bailar.
     Pero la más joven dijo, ‘No sé por qué, pero mientras vosotras estáis tan contentas yo me siento muy inquieta; Estoy segura de que alguna desgracia nos va a acontecer.’
     ‘Qué inocente’, dijo la mayor, ‘siempre tienes miedo, ¿Has olvidado cuántos hijos de reyes ya han vigilado en vano? Y por este soldado, incluso si no le hubiera dado su brebaje para dormirse, se habría dormido lo bastante profundamente.’
     Cuando estaban todas preparadas, fueron a mirar al soldado; pero seguía roncando, y ni una mano ni pie movía; así que pensaron que estaban bastante a salvo.
     Después la mayor subió a su cama y aplaudió, y la cama se hundió en el suelo y una trampilla se abrió de golpe. El soldado las vio bajarse por la trampilla una detrás de otra, la mayor liderando el camino; y pensando que no tenía tiempo que perder, dio un salto, se puso la capa que le había dado la mujer mayor, y las siguió.
     Sin embargo, en  medio de las escaleras, pisó en el vestido de la princesa más joven, y les gritó a sus hermanas, ‘Algo no va bien; alguien me ha agarrado del vestido.’

3
     ‘¡Criatura tonta!’, dijo la mayor, ‘¡sólo es un clavo de la pared!’ Fueron todas abajo y en el fondo se encontraron en una arboleda de lo más encantadora; y las hojas eran todas de plata, y brillaban y relucían hermosamente. El soldado deseó llevarse alguna prueba del lugar; así que rompió una pequeña rama, y se oyó un fuerte ruido del árbol. Y la hija más joven dijo otra vez, ‘Estoy segura de algo no va bien - ¿No habéis oído ese ruido? Nunca había ocurrido antes.’
     Pero la mayor dijo, ‘Es sólo nuestros príncipes que están gritando por la alegría nuestra aproximación.’
     Llegaron a otra arboleda, donde todas las hojas eran de oro; y después a una tercera, donde todas las hojas eran diamantes brillantes. Y el soldado rompió una rama de cada una; y cada vez se oía un fuerte ruido, lo que hizo a la hermana pequeña temblar de miedo. Pero la mayor aún decía que sólo eran los príncipes, que estaban gritando de alegría.
     Siguieron hasta que llegaron a un gran lago; y en la orilla del lago había doce pequeñas barcas con doce hermosos príncipes en ellos, que parecían estar allí esperando a las princesas.
     Cada una de las princesas fue a una barca, y el soldado se metió en el mismo barco que la pequeña. Mientras remaban por el lago, el príncipe que estaba en la barca con la princesa pequeña y el soldado dijo, ‘No sé por qué, pero aún estando remando con toda mi fuerza no avanzamos tan rápido como de costumbre, y estoy bastante cansado: el barco parece muy pesado hoy.’ 

     'Es sólo el caluroso tiempo’, dijo la princesa, ‘Yo también tengo mucho calor.’
     En el otro lado del lago había un bonito e iluminado Castillo del cual venía la alegre música de cuernos y trompetas. Todos amarraron allí, y fueron dentro del castillo, y cada príncipe bailó con su princesa, y el soldado, que aún era invisible, también bailó con ellos. Cuando cualquiera de las princesas dejaba junto a ella una copa de vino, él se la bebía entera, así que cuando ella se echaba la copa a la boca estaba vacía. También por esto la princesa más joven estaba terriblemente asustada, pero la mayor siempre la callaba.
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     Bailaron hasta las tres de la mañana, y entonces todas sus zapatillas estaban gastadas, por lo que estuvieron forzadas a irse. Los príncipes remaron de vuelta otra vez por el lago (pero esta vez el soldado se situó en la barca con la princesa más mayor); y en la orilla opuesta se despidieron unos de otros, prometiendo las princesas volver otra vez la siguiente noche.
     Cuando llegaron a las escaleras, el soldado corrió delante de las princesas y se acostó. Y cuando las doce hermanas cansadas subieron despacio, le oyeron roncando en su cama y dijeron, ‘Ahora todo está bastante a salvo’. Después se desvistieron, se quitaron la ropa bonita, y se quitaron las zapatillas y se fueron a la cama.
     Por la mañana el soldado no dijo nada de lo ocurrido, pero estaba determinado a ver más de esta extraña aventura, y fue otra vez la segunda y la tercera noche. Todo ocurrió igual que antes: las princesas bailaban hasta que sus zapatillas se gastaban y quedaban hechas polvo, y después se volvían a casa. La tercera noche el soldado se llevó una de las copas de oro como prueba de donde habían estado.
     Tan pronto como llegó el momento de declarar el secreto, fue llevado delante del rey con las tres ramas y la copa de oro; y las doce princesas se quedaron escuchando detrás de la puerta para oír lo que diría.
     El rey le preguntó. ‘¿Dónde bailan mis doce hijas por la noche?’
     El soldado respondió, ‘Con doce príncipes en un castillo subterráneo.’ Y después le contó al rey todo lo que había ocurrido, y le enseñó las tres ramas y la copa de oro que había traído con él.

     El rey llamó a las princesas, y les preguntó si lo que había dicho el soldado era cierto y cuando vieron que habían sido descubiertas, y que no valía la pena negar lo que había pasado, lo confesaron todo.
     Así pues el rey le preguntó al soldado a cual de las princesas elegiría como esposa; y contestó, ‘No soy muy joven, así que me quedaré con la mayor. – Y ese mismo día se casaron, y el soldado fue elegido como heredero al trono.

Uno de mis cuentos de hadas favoritos

viernes, 14 de diciembre de 2012

La Princesa y el Guisante...


Había una vez un príncipe que quería casarse con una princesa, pero con una verdadera princesa de sangre real. Viajó por todo el mundo buscando una, pero era muy difícil encontrarla, mucho más difícil de lo que había supuesto.
Las princesas abundaban, pero no era sencillo averiguar si eran de sangre real. Siempre acababa descubriendo en ellas algo que le demostraba que en realidad no lo eran, y el príncipe volvió a su país muy triste por no haber encontrado una verdadera princesa real.
Una noche, estando en su castillo, se desencadenó una terrible tormenta: llovía muchísimo, los relámpagos iluminaban el cielo y los truenos sonaban muy fuerte. De pronto, se oyó que alguien llamaba a la puerta:
-¡ Toc, toc!
La familia no entendía quién podía estar a la intemperie en semejante noche de tormenta y fueron a abrir la puerta.
-¿ Quién es? - preguntó el padre del príncipe.
- Soy la princesa del reino de Safi - contestó una voz débil y cansada. - Me he perdido en la oscuridad y no sé regresar a donde estaba.
Le abrieron la puerta y se encontraron con una hermosa joven:
- Pero ¡Dios mío! ¡Qué aspecto tienes!
La lluvia chorreaba por sus ropas y cabellos. El agua salía de sus zapatos como si de una fuente se tratase. Tenía frío y tiritaba.
En el castillo le dieron ropa seca y la invitaron a cenar. Poco a poco entró en calor al lado de la chimenea.
La reina quería averiguar si la joven era una princesa de verdad.
"Ya sé lo que haré - pensó -. Colocaré un guisante debajo de los muchos edredones y colchones que hay en la cama para ver si lo nota. Si no se da cuenta no será una verdadera princesa. Así podremos demostrar su sensibilidad".
Al llegar la noche, la reina colocó un guisante bajo los colchones y después se fue a dormir.
A la mañana siguiente, el príncipe preguntó:
-¿Qué tal has dormido, joven princesa?
- ¡Oh! Terriblemente mal - contestó -. No he dormido en toda la noche. No comprendo qué tenía la cama; Dios sabe lo que sería. Tengo el cuerpo lleno de cardenales. ¡Ha sido horrible!
- Entonces, ¡eres una verdadera princesa! Porque a pesar de los muchos colchones y edredones, has sentido la molestia del guisante. ¡Sólo una verdadera princesa podía ser tan sensible!
El príncipe se casó con ella porque estaba seguro de que era una verdadera princesa. Después de tanto tiempo, al final encontró lo que quería.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.








Uno de mis cuentos de hadas favoritos

viernes, 10 de agosto de 2012

Inspiración: Edith Piaf

Inspiration: Edith Piaf



Una mujer que conocí en mi viaje a Viena y quedé fascinada con su biografía y su voz, está canción es una de mis favoritas porque al escucharla inmediatamente se me enchina la piel y me transporto a París y a toda la magia que encierra esta hermosa ciudad... siempre he tenido una fascinación por la esta ciudad  y en mi vida siempre la he tenido presente... desde niña soñaba con conocer París y luego en la universidad al saber su historia todavía más y casualmente fue el primer país de Europa que conocí por mi cuenta, luego el destino me llevó a trabajar en una empresa francesa donde pude ir 4 veces más a París... en fin datos curiosos de mi vida... Si no han visto la película de La Vie en Rose con Marion Cotillard... no lo piensen más y veanla este fin de semana! y bajen algunas canciones de esta gran mujer... su voz es magnífica
y como la moda no se queda atrás un poquito de inspiración en Edith Piaf para este fin de semana!

A woman I met in my first trip to Europe and I was impressed by her life and music! La Vie en Rose is my favorite song... I inmediately think about Paris when I'm listening to it! I've always had a fascination to France and my life has been in one way or another attached to this Country.. when I was a little girl I always wanted to see the castles and cities of France, when I went to Europe the first time this was the first country I could visit on my own and now I work for a French Company that has taken me to Paris 4 times! soo just some facts about my life ;) and talking about fashion... a little inspiration in this women and her songs...





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